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Membranas, o las capas invisibles que nos separan y nos salvan

  • hace 12 minutos
  • 5 min de lectura

Hay libros que una lleva a una tertulia creyendo que va a comentar desde cierta distancia, casi con la comodidad de quien analiza una ficción lejana, y de pronto terminan tocando zonas muy íntimas. Eso nos ocurrió con Membranas, la novela del escritor taiwanés Chi Ta-wei. Llegó con la etiqueta de “ciencia ficción”, pero salió de la conversación convertida en algo mucho más cercano: una pregunta sobre el cuerpo, sobre la memoria, sobre el dolor y sobre esas formas silenciosas en que intentamos protegernos para poder seguir viviendo.

Publicada originalmente en Taiwán en los años noventa y recuperada décadas después por nuevas traducciones, Membranas ha sido leída como una pieza clave de la ficción especulativa queer en lengua china. Su vigencia sorprende porque muchas de sus intuiciones —sobre el cuerpo, la tecnología, la identidad y la soledad— resuenan con una fuerza inquietante en nuestro presente.

Una ciencia ficción que incomoda la frontera de lo humano

La tertulia comenzó, como a veces ocurre, con cierta resistencia. La ciencia ficción no siempre nos convoca a todas de la misma manera. Algunas entramos al libro con cautela, preguntándonos si podríamos habitar ese mundo extraño de cuerpos intervenidos, ciudades submarinas y tecnología omnipresente. Pero pronto descubrimos que la verdadera extrañeza no estaba tan lejos: estaba en reconocer cuánto de ese futuro ya se parece a nuestras propias vidas.

Una de las preguntas centrales fue: si un cuerpo puede ser reemplazado, si los recuerdos pueden almacenarse, borrarse, programarse o venderse, ¿qué queda de eso que llamamos ser humano? La conversación giró entonces hacia los límites: el límite entre persona y máquina, entre memoria y programación, entre protección y encierro, entre una vida vivida y una vida diseñada para evitar el sufrimiento.

Las membranas: defensa, aislamiento y revelación

La palabra que da título al libro fue también la imagen más fértil de la tertulia. Una membrana puede proteger, filtrar, separar, permitir el paso de algo y detener otra cosa. En la novela, las membranas aparecen vinculadas a la piel, a la tecnología, a los cuerpos intervenidos y a las capas de información que median la realidad. Pero en la conversación se ampliaron hacia una lectura más íntima: nuestras propias membranas emocionales.

Se habló de esas barreras invisibles que levantamos para no sentirlo todo de golpe, para sobrevivir a una pérdida o para mantener a distancia aquello que todavía no sabemos nombrar. La conversación reconoció su ambivalencia: una membrana puede cuidar la herida, pero también dejarla demasiado sola.

Momo, la memoria y el duelo que no se puede programar

Uno de los momentos más ricos del debate surgió alrededor de Momo y del vacío que arrastra. Aunque su vida parezca cuidadosamente diseñada, aunque exista una arquitectura tecnológica capaz de intervenir recuerdos y cuerpos, algo permanece como hueco irreductible. La novela plantea que el dolor no se elimina simplemente porque alguien lo oculte, lo reprograme o lo aparte de la conciencia.

Ese duelo —por una ausencia, por una identidad escamoteada, por una verdad aplazada— aparece como una prueba de humanidad. No porque sufrir sea deseable, sino porque hay experiencias que no pueden reducirse a datos. En Momo, el vacío no es una falla técnica: es una señal de que la vida interior resiste incluso dentro de los sistemas más sofisticados de control.

Cuerpos transformados, género y derecho a ser

Hubo un momento de la tertulia en que la conversación se volvió especialmente delicada. Hablamos de las cirugías que modifican los cuerpos para afirmar o transformar la identidad de género, y el tema nos obligó a bajar la voz interior, a mirar con más cuidado, a no apresurarnos en el juicio. En Membranas, los cuerpos no son entidades fijas ni intocables; son superficies intervenidas, leídas, reparadas, comercializadas y también deseadas. Pero detrás de cada cuerpo transformado hay una historia, una espera, una herida, una necesidad profunda de reconocerse.

La tertulia no redujo el tema a una cuestión médica, sino que lo pensó desde la experiencia de habitar un cuerpo. Nos preguntamos qué significa modificarlo para acercarlo a una verdad íntima, y también qué presiones pueden aparecer cuando el reconocimiento depende de una forma socialmente legible de ser mujer, hombre o algo que desborda esas categorías.

Nos detuvimos entonces en lo que supone atravesar una transformación cuando deja de ser una idea abstracta y se vuelve experiencia concreta: el cuerpo abierto o intervenido, la espera, el miedo, la exposición, la recuperación, la mirada ajena y la posibilidad de no ser comprendida. Pensamos en el dolor físico, sí, pero también en ese otro dolor más antiguo y más difícil de nombrar: el de haber vivido durante años en un cuerpo sentido como insuficiente, extraño o no del todo propio.

Por eso nos pareció importante no mirar esas cirugías como capricho, moda o gesto superficial. Tampoco idealizarlas. Hay en ellas una mezcla difícil de esperanza y sufrimiento: pueden abrir una vía de afirmación, pero también implican miedo, costo, fragilidad y exposición. La pregunta que quedó suspendida fue dolorosa: ¿cuánto tiene que doler no ser reconocida para decidir atravesar otro dolor en busca de una vida más habitable?

Así, el debate sobre género se enlazó con una tensión mayor de la novela: la tecnología puede ampliar las posibilidades de existir, pero también puede convertir el cuerpo en una superficie evaluada por otros o en una promesa de plenitud que nunca se cumple del todo.

Hiperconectados, pero no necesariamente acompañados

Otro de los temas que atravesó la tertulia fue la paradoja de la conexión. La novela imagina un mundo saturado de tecnología, medios, vigilancia e información; un mundo que, leído desde hoy, se parece demasiado a nuestras propias pantallas, a nuestros algoritmos y a esa disponibilidad permanente que a veces confundimos con compañía. Estamos localizables, visibles, expuestas; pero no siempre acompañadas.

En la conversación apareció una imagen sencilla y poderosa: círculos de cercanía. En el centro, las personas emocionalmente más próximas; más lejos, aquellas con las que mantenemos contacto, pero no intimidad verdadera. La pregunta que quedó resonando fue cuántas personas podríamos mover de un círculo lejano a uno más cercano, no por obligación, sino por deseo de construir una presencia más auténtica.

Una novela adelantada a su tiempo

Membranas impresiona porque muchas de sus intuiciones parecen escritas para nuestra época. Lo que en los años noventa podía leerse como imaginación futurista hoy se reconoce como una conversación urgente sobre cómo vivimos, cómo nos vinculamos y qué estamos dispuestas a entregar a cambio de seguridad, reconocimiento o pertenencia.

También por eso funcionó tan bien en la tertulia. Aunque no todas las lectoras llegaron con entusiasmo al género, el libro abrió un espacio común: no se trató solo de descifrar una distopía, sino de reconocer qué capas llevamos puestas y qué nos cuesta dejar pasar a través de ellas.

Lo que nos deja la tertulia

La conversación sobre Membranas nos dejó una sensación persistente, de esas que no se cierran cuando se apagan las voces de la tertulia. La buena literatura nos presta imágenes para mirar mejor lo que nos pasa; en este caso, la membrana quedó como una forma de nombrar nuestras defensas más íntimas y también nuestros deseos de encuentro.

Quizás por eso la novela de Chi Ta-wei sigue creciendo con el tiempo. Porque habla de cuerpos futuros y heridas antiguas, de máquinas y afectos, de simulaciones y de esa necesidad profundamente humana de saber quiénes somos y quiénes nos acompañan de verdad.

Al cerrar la tertulia, nos quedó la impresión de que ya no hablábamos solamente de una novela, sino de nosotras mismas. ¿Cuáles son nuestras membranas? ¿Cuáles hemos levantado para no rompernos y cuáles empiezan a impedirnos el encuentro? ¿A quién dejamos pasar cuando bajamos la guardia? ¿Qué dolores hemos cubierto con silencio, con rutina, con tecnología o con una aparente fortaleza? ¿Qué parte de nosotras sigue esperando, al otro lado, ser mirada sin miedo? Y, sobre todo, ¿qué estaríamos dispuestas a transformar —en el cuerpo, en la memoria, en la forma de amar y de vincularnos— para vivir una vida más verdadera, más nuestra, más libre?

 
 
 

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